Reflexión sobre 1 libro de Samuel, capítulo 8 El oficio de profeta en el Antiguo Testamento aparece en conflicto con el surgimiento de la monarquía. Y le corresponde a Samuel vivir ese confuso momento en que las tribus de Israel deciden establecer un rey que las gobierne y que a la vez las oprima como a los demás pueblos. Es un cambio radical. Samuel advierte sobre los peligros de esta decisión pero al final acepta cumplir su papel ungiendo a Saúl. Samuel como dirigente religioso experimenta el transito de una sociedad dirigida por jueces, por jefes político-militares surgidos de las milicias populares a una sociedad dirigida por reyes, por jefes político-religiosos, que construyen una ejercito profesional y establecen un sistema político unificado. Samuel aunque comprende la necesidad de centralizar el aparato estatal para enfrentar las amenazas externas, les advierte y denuncia los peligros de autoritarismo de esta decisión. Y también Samuel con mucha claridad comprendió que esta decisión iba a tener un profundo significado en la visión religiosa, ya que conduciría irremediablemente a un monopolio del poder religioso y del poder político, lo cual estaría en contraposición con la voluntad manifestada por Yahvé y representada en el sistema de jueces populares. En este nuevo esquema, la corona controlaría la espada y también el altar. El rey sería el jefe de lo terrenal y lo celestial. Samuel era una persona con mucha autoridad moral para advertir acerca de estos desarrollos ya que era juez y también era profeta. Desde niño sus padres lo dedicaron al servicio de Yahvé. Siendo muy joven Yahvé se comunicó con él. Y desde entonces se dedicó a predicar la conversión al Dios verdadero. Yahvé lo escuchaba. El pueblo lo escuchaba. Pero cuando Samuel estaba ya anciano, sus hijos se aprovecharon de su posición para obtener privilegios. Buscaban el dinero, aceptaban regalos y violaban la justicia. Aprovechándose de esta situación, un sector poderoso de la comunidad le reclama por el proceder de sus hijos y le exige: danos un rey para que nos gobierne, como hacen los reyes en todos los países. Era una petición atrevida, hasta blasfema porque Yahvé era el rey reconocido de Israel. Y abiertamente pedían estos sectores poderosos que se renunciara a las tradiciones populares y se estableciera una dictadura. Samuel se encolerizó con justa razón. Se trataba de un golpe de estado. Y se encontraba debilitado por sus propios errores para responder enérgicamente. La conducta de sus hijos le había hecho perder el apoyo popular. Tenía que aceptar la nueva situación o rebelarse. Samuel consulta esta situación con Yahvé. Yahvé le responde: dale a tu pueblo lo que te pide. Pues no te rechazan a ti, sino que es a mí a quien han rechazado para que no reine sobre ellos. Para Yahvé era claro que esta situación obedecía a un alejamiento de los principios comunitarios en que se basaba la sociedad hasta entonces y su desplazamiento por un sistema jerárquico basado en la división de clases sociales y la explotación.. Me abandonan para ir tras otros dioses reflexiona con justa razón Yahvé. Samuel trasmitió al pueblo la opinión de Yahvé sobre la monarquía, una brillante denuncia histórica del significado de la realeza y del poder político que sigue vigente. Hoy con más fuerza en este mundo unipolar. Samuel denuncia a los reyes de todos las épocas y países. Les dijo: Miren lo que les va a exigir su rey. Hoy podemos decir: miren lo que les va a exigir la globalización neoliberal. Les tomara a sus hijos y los destinará a sus carros de guerra o a sus caballos, o bien los hará correr delante de su propio carro. Samuel denuncia el militarismo. A lo largo de la historia millones de jóvenes han muerto en guerras injustas. Hace algunos meses un joven pobre salvadoreño, campesino de Guaymango, murió en Irak defendiendo los intereses de las compañías petroleras y de los Estados Unidos. Miles de negros, hispanos y blancos pobres integran el ejercito de ocupación norteamericano en Irak. Los empleará como jefe de mil y como jefe de cincuenta. Samuel denuncia la explotación. Los jóvenes salvadoreños tienen que huir de su patria y vender su fuerza de trabajo en las fabricas de Chicago o Nueva York o en las fincas de California o Texas para ganarse el pan. La globalización impone un orden mundial en el que se destruye nuestra agricultura y soberanía para favorecer el comercio de alimentos. Los hará labrar y cosechar sus tierras. Samuel denuncia la concentración de la tierra. En El Salvador, a finales del siglo XIX los poderosos amigos del rey presidente expropiaron las tierras ejidales y de las comunidades indígenas para cultivar café. Se apoderaron de la tierra como el rey Ajab. Y asesinaron a muchos Nabot. Ahí nació la oligarquía agroexportadora y también la pobreza de las comunidades rurales. Los hará fabricar su armas y los aperos de sus caballos. Samuel denuncia el armamentismo. La guerra es un gran negocio. Existen países que se benefician de los conflictos internacionales para la venta de armas. En 1969, en una breve guerra entre El Salvador y Honduras los proveedores de armas eran los mismos. La guerra de Irak, y antes Afganistán, fueron grandes negocio para las compañías productoras de armamento. Les tomará sus hijas para peluqueras, cocineras y panaderas. Samuel denuncia la opresión de las mujeres. En las maquilas instaladas en El Salvador, miles de jóvenes mujeres son explotadas por compañías coreanas o taiwanesas, y se les niegan sus derechos más elementales. No pueden organizarse en sindicatos. No pueden alzar su voz por la amenaza del despido. Les tomara sus campos, sus viñas y sus mejores olivares y se los dará a sus oficiales. Samuel denuncia el saqueo de nuestros recursos naturales. Les tomará la décima parte de sus sembrados y de sus viñas para sus funcionarios y servidores. Samuel denuncia la corrupción de funcionarios públicos. Les tomará sus sirvientes y sirvientas, sus mejores bueyes y burros y los hará trabajar para él. Les sacará la décima parte de sus rebaños y ustedes mismos serán sus esclavos. Y concluye Samuel diciéndoles: Ese día se lamentaran del rey que hayan elegido, pero Yahvé ya no les responderá. Todo un programa antimonárquico. Samuel logró reflejar el espíritu popular del pueblo hebreo. Y su mensaje tiene mucha actualidad para enfrentar las acometidas de la ofensiva neoliberal que amenaza a la humanidad incluso con su desaparición. Con el espíritu de Samuel que es el espíritu de Dios gritamos con todas nuestras fuerzas: Otro mundo es posible. San Salvador, 30 de julio de 2004 |