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Hegemonía, sujetos y revolución pasiva

En segundo lugar, la hegemonía podría ser organizada a partir del reconocimiento de la “dirección intelectual y moral” de un sector social dominante. Este sería el plano más tradicionalmente gramsciano de la construcción de la hegemonía, en el que se diferencia una hegemonía intelectual, en tanto complejo de ideas o doctrina, y una hegemonía “moral“, en tanto conjunto más amplio de valores y representaciones sociales compartidos dentro de una cultura

HEGEMONIAS, SUJETOS Y REVOLUCION PASIVA
Javier Balsa
Más allá de su historia previa, el concepto de hegemonía se encuentra ineludiblemente ligado a las teorizaciones de Antonio Gramsci.1 De hecho, fue durante la segunda posguerra cuando, a través de un trabajo de exégesis de su obra (en especial de sus Cuadernos de la Cárcel), se avanzó en la teorización de la hegemonía, convirtiéndose en una piedra angular de la teoría marxista de la política y la ideología, al tiempo que un concepto sumamente utilizado por diversas corrientes de las ciencias sociales.
Paradójicamente, algunas de las más agudas observaciones acerca de la obra gramsciana acabaron tomando una distancia crítica con respecto a sus posiciones. Así por ejemplo, la minuciosa lectura de los Cuadernos que emprendiera Perry Anderson (1978) terminó en cierta desvalorización de la utilidad del concepto de hegemonía para dar cuenta de la dominación en las sociedades capitalistas desarrolladas. Desde otra tradición, inspirada por la lectura del Wittgestein tardío, José Nun (1989) señaló los límites que la visión intelectualista-racionalista le impuso al propio Gramsci, a pesar de todo su esfuerzo por incorporar el sentido común dentro de la filosofía de la praxis.
También teniendo como uno de sus puntos de partida esta fase del filósofo austríaco, Laclau y Mouffe (1987) elaboraron una relectura que se propuso superar las limitaciones que, a la línea de reflexión gramsciana, le generaba su inscripción dentro de la tradición marxista. Para ellos, la profundidad de la teorización de Gramsci se ubicó en torno a la lógica de la contingencia, en oposición a una lógica de la necesidad.
El determinismo (tan presente en los discursos de la Segunda Internacional) concluía reconociendo una dualidad para poder procesar la dinámica política, en la que lo indeterminado no sólo era meramente suplementario, sino que además resultaba imposible de conceptualizar. En cambio, en Gramsci, la contingencia histórica alcanza una expansión máxima, “ya que los elementos sociales han perdido la conexión esencial que los constituía en momentos del paradigma etapista, y su sentido mismo depende de articulaciones hegemónicas cuyo éxito no está garantizado por ninguna ley de la historia” (Laclau y Mouffe, 1987: 80).
Y rescatan que “cada una de estas extensiones [del concepto de hegemonía desde su uso por la socialdemocracia rusa hasta Gramsci] fue acompañada de una expansión de lo que provisoriamente podríamos llamar una ‘lógica de lo contingente’ –resultante, a su vez, de la quiebra y retracción al horizonte explicativo de lo social de la categoría de ‘necesidad histórica’-, que había constituido la piedra angular del marxismo de la Segunda Internacional” (Laclau y Mouffe, 1987: 7-8).
Sin embargo, estos autores afirman que Gramsci no logró superar plenamente el dualismo del marxismo clásico. Para ellos se debe abandonar no sólo su certeza teleológica (tanto en cuanto a la segura victoria del proletariado ante un capitalismo herido de muerte por sus propias contradicciones, como en términos de su propia unidad como sujeto político a partir de algún tipo de determinación estructural) sino que, incluso, la contingencia también abarcaría la definición de los planos en los que se disputa la hegemonía.
Este desplazamiento tiene, como primer resultado, el habilitar el uso del concepto de hegemonía para dar cuenta de otro tipo de luchas sociales, como las de género, étnicas, generacionales, ecológicas, culturales, entre otras. Pero el razonamiento anti-determinista avanza un poco más y afirma que la propia definición de los sujetos se produce dentro de las diversas disputas discursivas de la lucha hegemónica, y por lo tanto, no escapa a la lógica de la contingencia.
Entonces, pueden ser sujetos sociales de muy diversa índole, según los planos donde se constituyan y, dentro de ellos, según cómo se construyan discursivamente. Para ser consecuentes con esta línea de razonamiento, no es posible saber a priori quiénes disputarán la hegemonía, ni siquiera de qué hegemonía vamos a hablar. En este sentido, una teoría pos-marxista de la hegemonía pareciera quedar huérfana de criterios para comenzar una investigación social y deja al analista en una posición cuasiempirista frente a la vastedad de discursos y prácticas que componen la realidad.
Al mismo tiempo, este enfoque, limitado al análisis de las disputas que predominan en el juego interdiscursivo de cada coyuntura, corre el riesgo de no tener elementos para formular una crítica global a la dinámica social. Así en un contexto como el actual, de indiscutida hegemonía burguesa, la teoría pareciera transmitir cierto aire de resignación frente a la realidad capitalista.2
Queda el interrogante de si sería posible combinar una lógica de la contingencia con una tradición de pensamiento marxista. Un segundo interrogante surge en torno de si, ante las múltiples hegemonías en los diversos planos de lo social, hay que contentarse con una visión fragmentada de las mismas, o si es posible integrarlas en un análisis global.
En este sentido, el presente artículo se propone explorar dos líneas de pensamiento en torno a la teorización de la hegemonía. Por un lado, analizar algunas cuestiones vinculadas a la reflexión posmarxista sobre el concepto de hegemonía, desde una mirada más próxima a la tradición materialista. Y, por otro lado, formular algunas hipótesis en torno a una teoría de la hegemonía que permitan abordar el estudio de múltiples planos de disputas hegemónicas y pensarlas de modo integrado.
Aunque pueda parecer paradójico, para avanzar en estas direcciones es necesario dar un paso más y desembarazarnos por completo de cierta ilusión realista que contienen las conceptualizaciones marxistas tradicionales y, entonces, plantear que la hegemonía no existe.3
Algunas precisiones epistemológicas
Decir que la hegemonía no existe significa no otorgarle una entidad real (ontologizarla), más allá del constructo de los analistas sociales. La hegemonía no es una cosa que, como tal, o está presente o está ausente, sino que es sólo una conceptualización sobre parte de la complejidad de lo real que elaboran los hombres, en tanto investigadores. Siempre es útil recordar que el conocimiento no reproduce lo real, son sólo palabras que lo describen de un modo accesible a nuestra mente y lo vinculan con nuestras capacidades (por cierto muy limitadas) para percibir la complejidad de lo real.
Tener presente este carácter meramente teórico del concepto de hegemonía facilita avanzar en su conceptualización gradual. Es decir, no pensar la sociedad en situación de “hegemonía” o en situación de “no-hegemonía”, sino concebir cada coyuntura histórica como la existencia de diferentes grados de hegemonía e incluso de distintos tipos de hegemonía, analizables, a su vez, en distintos planos de la realidad social.
De modo que habría que pensar la hegemonía como una cuestión de grados que casi nunca serían totales (la hegemonía se caracteriza, justamente, por no poder suturar el espacio social), ni tampoco completamente ausentes (aunque en este caso, el tipo de dominación se basaría en otras estrategias).
En la mayoría de los trabajos encontramos una lógica binaria que deriva en forzadas descripciones en términos de ausencia/ presencia de hegemonía.4 Esta cuestión de grados encierra dos dimensiones: la extensión social (que hace referencia a la cantidad y tipo de los sujetos hegemonizados) y la profundidad de la aceptación. En los Cuadernos de la Cárcel, Gramsci menciona la búsqueda, desde el Estado, de la obtención de un consenso activo5 y, en otro fragmento, sostiene indirectamente que la hegemonía social, “a diferencia del “gobierno político”, se basa en el “consenso espontáneo” y [que] los grupos consienten […] activa [o] pasivamente“6
Podríamos pensar un gradiente que comenzase con el “consenso pasivo“, que se caracterizaría porque los sujetos no manifiestan, ni directa ni indirectamente, su acuerdo con la situación, si bien piensan que no existen alternativas mejores y viables. Por debajo del “consenso pasivo” está la inacción por el temor a la violencia física (es decir, una situación de “no aceptación“). Por encima del “consenso pasivo” se encuentra un “consenso activo“, en el cual los sujetos sí manifiestan su valoración positiva de la situación de dominación (en cuyo extremo se encontraría el proselitismo abierto).
En segundo lugar, la no ontologización ayuda a pensar la hegemonía no como una situación estática. La hegemonía es siempre un proceso, una lucha, con un final no escrito. Por lo tanto nunca está asegurada; ésta es justamente la posición riesgosa en que queda un actor que intenta construir su dominación con una base de tipo hegemónica. Aquí se hace necesaria una aclaración: no toda dominación es hegemónica; existen otras formas de dominar, no basadas en la hegemonía.7
Ni siquiera en el caso del capitalismo resulta necesaria una dominación hegemónica. De allí la enorme distancia conceptual entre el liberalismo político y el pensamiento democrático, tal como lo ha demostrado Losurdo (2004). Los grupos dominantes pueden dominar de muy distintas formas, y la dominación hegemónica es sólo una de ellas.8
Tal vez sea necesaria una segunda aclaración: una dominación no hegemónica no implica sólo el recurso de la coerción. Puede lograrse un amplio consenso acerca de la dominación e incluso de la dirección. Sin embargo, el grupo dominante no se arriesga a construir y poner en juego esta dominación en una arena democrática.
Esta reflexión nos conduce a llamar a atención sobre ciertos razonamientos tautológicos (que equiparan la existencia de hegemonía con la presencia de una situación de dominación), en los que la palabra hegemonía o bien no cumple ninguna función real o se convierte, por su mero halo semántico, en un sustituto de la explicación científica.9 Esto es lo que ocurre en algunos trabajos: los fenómenos parecieran explicarse porque había una hegemonía que nunca se probó que existiera, y luego, si ocurrieron dichos fenómenos, se confirma que había hegemonía.
En tercer lugar, como la hegemonía es sólo un concepto teórico, no tiene sentido discutir si es válido aplicarla a cuestiones diferentes de las relaciones entre clases, como las configuraciones políticas o la disputa en torno a determinado tópico. Cada investigador podrá explorar la utilidad de su uso para dar cuenta de distintas cuestiones, y será recién al final de su proceso investigativo que podrá dilucidar la pertinencia de este concepto para estudiar su objeto.
En la investigación social las teorías tienen, en primer lugar, una función heurística al proponer campos de observación, y no de proveer las respuestas anticipadas a los interrogantes (Saltalamacchia, 1994). La no ontologización significa reconocer el papel activo del sujeto en la construcción del objeto de conocimiento. Es él quien construye un objeto de conocimiento que busca describir la realidad en términos de luchas hegemónicas y, por lo tanto, escoge los planos que pretende analizar.
Ahora bien, evidentemente, estas elaboraciones no serán realizadas desde un vacío conceptual sino que, más explícita o más implícitamente, tendrán como puntos de partida las opciones teóricas que posee cada sujeto de conocimiento. La teoría de la hegemonía quedaría, entonces, en un nivel teórico intermedio, pudiendo articularse con diferentes macro teorías de lo social.10 De este modo es posible re-introducir dentro de la corriente de pensamiento marxista, una teoría de la hegemonía que reconozca un lugar destacado a la contingencia.
Pero esta combinación de teorías macro-sociales, como el marxismo, y una teoría de la hegemonía (de nivel medio) no tiene que significar la subsunción de ésta en aquéllas, que podría significar la negación de la contingencia en todos los aspectos ya reseñados. Por otra parte, con esta operación se logra, sin otorgarle un lugar de verdad al marxismo, mantener abierta una de las principales tradiciones que posibilitan formular una crítica a la ideología y a la hegemonía.11
Entonces, es el sujeto de conocimiento el que diseña qué tipo de hegemonías se propone investigar: si las de clase, si las de fracciones de clase, si las de géneros, si las de ideologías o tradiciones intelectuales, si las de disciplinas, con un largo etcétera. Decimos “diseña” pues, por un lado, estas decisiones deberían ser solo puntos de partida para explorar si efectivamente el concepto de hegemonía resulta fructífero (o no) para analizar las dinámicas de poder en un determinado plano y, por otro lado, más específicamente, si son los sujetos propuestos para comenzar la indagación los que realmente construyen y son sometidos por la hegemonía.
Aquí subyace un nuevo interrogante: las hegemonías constituyen relaciones de poder de unos sujetos sociales sobre otros sujetos, o son hegemonías de ideologías, tradiciones de pensamiento o formaciones discursivas, en una línea interpretativa en la cual los sujetos quedan disueltos o sometidos a las determinaciones de entidades estructurales.
La cuestión de los sujetos
Evidentemente esta es una cuestión que excede a una teoría de la hegemonía, pero que la atraviesa. En la opción de raíz foucaultiana que reduce a los sujetos a efectos de las formaciones discursivas (Foucault, 1970), la hegemonía sería una hegemonía de formaciones discursivas sobre otras formaciones discursivas.12
Este descentramiento de la figura del sujeto puede ser útil para, por un lado, desmistificar un humanismo excesivo y, por otro, promover un nivel de análisis que ilumina el problema desde un ángulo sumamente interesante y que, a la vez, metodológicamente facilita su investigación. Si nos centramos en los discursos emitidos y si los recortamos a los emitidos con cierto alcance en la opinión pública, el universo de lo necesario de analizar para estudiar la hegemonía queda relativamente acotado. No importa lo que los sujetos piensen, sino lo que han dicho (o mejor aún, escrito) públicamente.
Sin embargo, consideramos que el estudio de la hegemonía no debe acotarse a los fenómenos discursivos. No hay que esencializar las formaciones discursivas, pues no son más “reales” que las clases. No debe sobreestimarse la cuestión de la materialidad del discurso. Es claro que las formaciones discursivas son generalizaciones construidas por el investigador a partir de una selección y análisis de los discursos emitidos por los integrantes de una sociedad. Considero que es posible integrar este análisis de las formaciones discursivas y de las estrategias de enunciación como parte de un estudio de la construcción de la hegemonía, sin la necesidad de adherir a la idea de un “desmigajamiento” del sujeto. Como plantea Hall (2003) el descentramiento no requiere un abandono o una abolición del “sujeto”, sino una reconceptualización.13
Sin lugar a dudas, el análisis de los enunciados y su articulación dentro de formaciones discursivas, y el estudio de la inter-discursividad nos brindará elementos para ver las ideologías que intentan imponerse, pero también los grados en que las mismas son eficaces para entrar en los discursos de los otros. Sin embargo, el nivel del discurso no disuelve ni agota, entre otros, el plano mental de la hegemonía. Como lo plantea van Dijk (1999), este plano mental no se puede reducir a un nivel discursivo, ya que la gente no dice todo lo que piensa. Hay cosas que nunca se dicen, pues están implícitas en una cultura o una ideología grupal, y por ello mismo muchas de estas cosas no dichas son elementos claves en la construcción de una hegemonía; de algún modo es un plano no consciente de las creencias. También hay cosas que no se dicen porque no conviene decirlas, aunque los sujetos están conscientes de saberlas.14
Además, acordamos con Fairclough en que frente al “sabor pesadamente estructuralista” del planteo foucaultiano (como también del althusseriano), hay que reconocer que los “sujetos sociales están moldeados por las prácticas discursivas, pero también son capaces de remodelar y reestructurar esas prácticas” (Fairclough, 2001: 70 y 89). Asimismo, no puede negarse una materialidad en la corporeidad del sujeto biológico socializado; resulta necesario reconocer la existencia de sujetos sociales que operan dentro y sobre estas formaciones discursivas y que además hacen otras cosas además de producir discursos.
Se ha impugnado la idea de que los grupos sociales se encuentran construidos ex-ante la disputa hegemónica. Es decir, los grupos no están construidos desde un lugar previo a la enunciación social, sino que en la dinámica discursiva se constituyen como tales. En esta línea, se complica la utilidad de emplear categorías como “clase“, “sexo“, o cualquier otro tipo de agrupamientos entendidos de modo pre-discursivo, ya que en la disputa hegemónica se constituyen distintos grupos “al calor de la lucha” que pueden o no articularse como clases, géneros, razas, etc. De hecho, si mantuviéramos este razonamiento no tendría mucho sentido seguir empleando estas categorías.15
Sin embargo, existen ciertos elementos pre-discursivos que, si bien pueden ser “superados” por algunos individuos, juegan un papel fuerte en la determinación de las conductas y la dinámica social. No sólo porque existe una materialidad corporal desde donde se aceptan o no las interpelaciones, y que dicha materialidad presenta algunas marcas difíciles de borrar, sino porque se vinculan con procesos de socialización temprana y, por lo tanto, son menos electivas que las interpelaciones posteriores (Berger y Luckman, 1968).
Por lo tanto, si bien es cierto que el sujeto no es totalmente previo a la disputa hegemónica, y que se termina de constituir dentro de este juego interdiscursivo, las marcas de posición de clase de sus padres y los diferentes contextos de socialización primaria, junto con sus pertenencias de sexo y raza (por mencionar sólo dos) juegan un papel clave en dicha construcción.
Pre-construyen las subjetividades que se van a articular con los procesos de socialización e interpelación ideológicos y la propia dinámica social. Aunque esto no implica una instancia previa cronológicamente, pues no existe el sujeto humano asocializado. La ideología ha siempre-ya interpelado a los individuos como sujetos (Althusser, 1970: 148).
Queda por analizar la cuestión de la exterioridad del sujeto frente a la construcción de la hegemonía. De algún modo, el sujeto hegemónico es parcialmente exterior a la operación hegemónica. Para organizar la hegemonía es necesario que los dominantes tengan, más o menos conscientemente, un “plan de dominación“, una ideología que los agrupe y organice la manipulación y las estrategias de construcción de la hegemonía, de uso de los aparatos y los discursos.
La unificación y la elaboración de discursos y prácticas hegemónicas indudablemente también cambiarán a los dominadores. Tanto porque primero deben organizarse como clase, pero también porque al elaborar una propuesta para los otros, están modificando parcialmente su subjetividad. Tiene que “despojarse de todo residuo corporativo”, según ya lo había conceptualizado Gramsci en sus notas sobre la cuestión meridional (CM: 193). Como afirma Portantiero (1987: 171), “la hegemonía es el proceso a través del cual una clase se produce a sí misma como sujeto histórico”.
Entonces el sujeto hegemónico es parcialmente exterior a la operación hegemónica, no porque exista completamente fuera de la misma, sino porque, en parte, la elabora desde fuera y, en parte, porque termina de constituir su subjetividad no-corporativa en la propia operación.16
Por último, algunos autores se refieren a los sujetos dominados más bien en términos de objetos manipulados. Si bien el concepto de “manipulación” puede resultar fructífero para analizar algunos procedimientos de construcción de la hegemonía (van Dijk, 1999: 342), consideramos que los seres humanos son siempre sujetos (con una cuota de “buen sentido” difícil de borrar, según recuerda Nun, 1989). Nuevamente, la cuestión de “grados de” permite escapar de la lógica binaria sujeto u objeto, y pensar sujetos con distintas capacidades para articular niveles de resistencia ideológica y de autonomía política.17
Las lógicas de la construcción de las hegemonías
Hasta aquí no se han abordado las formas en que operan los procesos de la construcción de hegemonía. Podrían discernirse tres lógicas que intervendrían en la construcción de la hegemonía. Aclaramos que se trata de un proceso por demás complejo y que estas lógicas no funcionan en forma aislada sino de manera articulada. Sin embargo, a fines analíticos resulta fructífero distinguirlas, pues sus fundamentos son claramente distintos.18
En primer lugar, la hegemonía podría ser construida tan sólo en términos de “alianza (de clases)”, como mero acuerdo político entre sujetos sociales inmodificados por dicha alianza y que la efectúan a partir del análisis de las ventajas que obtienen de su constitución. Este sería la concepción leninista de hegemonía.
En segundo lugar, la hegemonía podría ser organizada a partir del reconocimiento de la “dirección intelectual y moral” de un sector social dominante. Este sería el plano más tradicionalmente gramsciano de la construcción de la hegemonía, en el que se diferencia una hegemonía intelectual, en tanto complejo de ideas o doctrina, y una hegemonía “moral“, en tanto conjunto más amplio de valores y representaciones sociales compartidos dentro de una cultura.
Un instrumento clave en la consolidación de este tipo de hegemonías es la realización de “revoluciones pasivas“. Antes de abordar la tercera lógica de la construcción de hegemonías, debemos prestar especial atención a este instrumento. La “revolución pasiva” es un proceso de internalización de las “demandas” de los subalternos dentro de una formación hegemónica.19
Pero, las “demandas” no son internalizadas en el sistema tal como son formuladas por los grupos dominados, como tampoco la autorepresentación que formulan tales grupos se incorpora a la ideología dominante. Las demandas, antes de ser internalizadas, son sometidas a tres procesos: (1) negación, (2) desvalorización, en el sentido de un cambio de valencia, y (3) utopización, en la concepción negativa del término utopía, pues se las tacha de irrealizables.20
Recién después de ser aplicados estos procedimientos, lo que queda de estas “demandas” es parcialmente considerado e incluido dentro de la formación hegemónica. Este procedimiento sería el núcleo de una “revolución pasiva“: un proceso de transformación “desde lo alto” en el que se recupera una parte de las demandas “de abajo“, pero quitándoles toda iniciativa política autónoma; lo cual genera consenso, sin dar poder político.21
Entonces en la “revolución pasiva” las “demandas” son profundamente re-conceptualizadas, y recién luego incluidas. Este proceso presenta distintos grados según la correlación de fuerzas. Sectores subalternos más organizados y con mayor capacidad de formular autónomamente sus demandas, necesitan para ser hegemonizados de una “revolución pasiva” que las contemple de un modo más genuino, esto es, sin tantas reformulaciones-negaciones.22
En cambio, en los casos en que los sectores subalternos cuenten con una menor capacidad para formular y luchar por sus demandas concretas, puede alcanzar para hegemonizarlos con una integración simbólica (sin otorgar concesiones materiales). Lo cual, algunas veces, no deja de ser un salto cualitativo frente a situaciones previas en las que estos sectores eran completamente excluidos y tenían negado todo reconocimiento social (pudiéndose abrir, entonces, la posibilidad de su constitución como sujetos sociales legítimos).23 Sin embargo, esto no debería oscurecer la existencia de distintas intensidades en los procesos de “revoluciones pasivas” que en su límite mínimo de reconocimiento de las “demandas“, dejaría de ser una “revolución pasiva“.
En todo caso, para llevar adelante una “revolución pasiva” se debe reformular la subjetividad de los subalternos, en tanto debe negarse su capacidad de autodefinición de las demandas, de autovalorización de las mismas y de avanzar en organizaciones propias que tiendan a su realización. Es por ello que en la disputa hegemónica son cuestiones centrales el control del discurso público, de los aparatos ideológicos y de las instancias de auto-organización de los grupos, pero también de acceso (relativamente) autónomo a espacios estatales desde donde podría avanzarse en la concreción de las demandas.
La importancia de estas disputas por los sentidos y significados de las distintas demandas y la interpelación/constitución de los sujetos sociales, no debería oscurecer la existencia de una tercera lógica en la construcción de la hegemonía. La hegemonía puede ser estructurada a partir de la difusión de un “modo de vida” que favorezca la aceptación de la situación de dominación.
La dinámica social (sólo parcialmente controlada por la clase dominante) puede transformar las condiciones de vida de las clases subalternas. Según la tradicional idea marxista, estos cambios en los modos de vivir tienen claros efectos sobre los modos de pensar. Luego, existe la posibilidad de que estos cambios en los modos de pensar tengan un sentido favorable a la hegemonía de la clase dominante. Esta sería entonces una forma posible de consolidación de una hegemonía a partir de un cambio en los modos de vida, y no en base a una operación centralmente de tipo ideológico-intelectual.
En el cuaderno dedicado a Americanismo y Fordismo, Gramsci avanza sobre este tipo de hegemonía: “[En Estados Unidos] A partir de la existencia de estas condiciones preliminares [sin “tradiciones históricas y culturales” que agregasen amplias capas ociosas], ya racionalizadas por el desarrollo histórico, fue relativamente fácil racionalizar la producción y el trabajo, combinando hábilmente la fuerza (destrucción del sindicalismo obrero de base territorial) con la persuasión (altos salarios, diversos beneficios sociales, propaganda ideológica y política muy hábil); se logró así hacer girar toda la vida del país alrededor de la producción. La hegemonía nace de la fábrica y para ejercerse sólo tiene necesidad de una mínima cantidad de intermediarios profesionales de la política y de la ideología” (Gramsci, NM: 291).
El concepto de “modo de vida” permite pensar esta tercera lógica de la construcción de la hegemonía no sólo a partir de atender cuestiones estructurales sino también destacar otras desde una perspectiva fenomenológica.24 Es posible pensar esta tercera lógica como similar a lo que Zizek (2003a: 24) describe como “la elusiva red de actitudes y presupuestos implícitos, cuasi ‘espontáneos’, que constituyen un momento irreductible de la reproducción de las prácticas ‘no ideológicas’ (económicas, legales, políticas, sexuales…)”. De hecho, señala que “es altamente cuestionable si el término ‘ideología’ es en alguna medida apropiado para designar este terreno” (Zizek, 2003a: 16).
Es probable que en cada uno de los planos, en que sea posible estudiar la construcción de hegemonías, la intervención de estas tres lógicas sea diferencial. Así, por ejemplo, en el caso de la dominación patriarcal, ésta ha sido históricamente una dominación basada en altos niveles de coerción. Sin embargo, con mayor o menor grado, existe un componente consensual en dicha dominación. Así, en la actualidad, puede vislumbrarse la existencia de algunos mecanismos de una lógica de concesiones que harían más tolerable la dominación. También sería posible rastrear características de una hegemonía construida a través de la ideología, con un discurso que integra “demandas” femeninas sin desarmar la subordinación de género.
Es que la construcción de una hegemonía “moral” patriarcal es realizada en los procesos de socialización primaria a partir de los discursos que sancionan la división de roles dentro del hogar. Y así nos deslizamos hacia el terreno de las formas de vida como el plano en el que esta hegemonía cobra mayor fuerza. Más allá de la existencia de discursos críticos, hombres y mujeres crecen vivenciando una división de roles, que luego se refuerzan por cierta celebración autobiográfica.
Otras hegemonías seguramente tienen como lógica central de su resolución la disputa ideológica-intelectual. Tal sería el caso de las hegemonías de tradiciones de pensamiento o de disputas inter o intra-disciplinares. Sin embargo, no debería olvidarse que Gramsci sostiene una “concepción ‘institucionalista’ de la hegemonía que aleja los esquemas gramscianos de otros modelos de legitimidad erigidos exclusivamente sobre el consenso ideológico […]. Ninguna situación puede ser analizada fuera de las relaciones de fuerza al interior de las instituciones” (Portantiero, 1987: 186-187). Incluso deberían explorarse las determinaciones que las formas de vida tienen sobre estas disputas. Más allá del sentimiento de omnipotencia que padecemos muchos intelectuales, no podríamos ser ajenos a los efectos de formas de vida sumamente diferentes.25
Los planos de la hegemonía y sus articulaciones. Las constelaciones hegemónicas
En cada plano que se reconoce/construye se pueden indagar las formas y los resultados de la resolución de la disputa por los significados y los sentidos finales de las acciones, y las consiguientes interpelaciones/construcciones de subjetividades que surgen de modo más o menos explícito. Más específicamente, es posible analizar los juegos discursivos para captar la construcción de las identidades sociales (Fairclough, 2001: cap. 5). También resulta muy útil prestar atención a las formas como las palabras claves y las frases formulísticas son reproducidas repetidamente a través de los textos en iguales o similares posiciones textuales, de modo que ellas terminan teniendo una connotación precisa dentro de un discurso específico (Phillips, 1998).
Esta autora propone analizar el rango de estabilidad/flujo en los discursos. El foco se coloca en el rango de los modos y las formas en los cuales los discursos son reproducidos en los textos, transformados para producir un discurso híbrido o resistidos por parte de discursos opositores (Phillips, 1998: 857). Y luego aplica esta metodología para ver la penetración del discurso thatcherista en el discurso laborista. De este trabajo también recuperamos la idea de trabajar no sólo con los discursos ya emitidos, sino producir nuevos discursos, a través de entrevistas, que permitan explorar la discursividad de los sujetos más anónimos. Incluso, podríamos agregar nosotros, intentar aproximarnos a lo que piensan los sujetos, más allá de lo que habitualmente enuncian.
Ahora bien, hasta aquí el análisis de la lucha hegemónica en un determinado plano. Sin embargo, también podríamos reconocer un supra-plano en el que se articulan (o se buscan articular) las diferentes disputas hegemónicas. En este sentido, para Angenot podrían distinguirse hegemonías sectoriales (él enumera las hegemonías “en las letras, las ciencias, la filosofía”) y también una hegemonía global, que sobredetermina una gran parte de lo que es pensable/enunciable, y sobre todo priva de medios de enunciación a lo impensable (Angenot, 1983).
También en el caso de Fairclough, se diferencia entre órdenes de discurso locales y un orden discursivo societal. Para él estos distintos órdenes son en la práctica potencialmente estructurados de manera contradictoria y, de este modo, están abiertos para ser investidos política e ideológicamente como focos de disputa en luchas para desinvertirlos o reinvertirlos; y es ésta la lucha hegemónica (Fairclough, 2001: 97-98).
Otra posibilidad es pensar (más que un plano global, abstracto e indeterminado) que uno de los planos cumpla esta función de eje de las articulaciones. Y aquí, nuevamente, tal vez no tengamos otra justificación que nuestros presupuestos teóricos para proponer y explorar (aunque el resultado final deberá estar validado luego) la posibilidad de que alguno de los planos juegue un papel central en la articulación. Así, desde el marxismo, éste será el nivel de la lucha de clases, y las clases, los sujetos claves en estas articulaciones.
La articulación sería la capacidad para orientar/recortar los sentidos que se disputan en cada uno de los planos a fin de hacerlos coincidir con las disputas en el plano central.26 En sus aspectos discursivos, la hegemonía implica una rearticulación de elementos que son contradictorios.
Así Fairclough analizando el thatcherismo señala que elementos autoritarios coexistieron con elementos democráticos e igualitarios, y elementos patriarcales con elementos feministas. A lo que agrega que la rearticulación de las órdenes del discurso fue obtenida no solo en la práctica discursiva productiva, sino también en la interpretación: se requiere de intérpretes que sean capaces de establecer conexiones coherentes entre sus elementos heterogéneos, y parte del proyecto hegemónico es la constitución de sujetos intérpretes para quienes tales conexiones sean naturales y automáticas (Fairclough, 2001: 124).
En términos de van Dijk (1999: 106-119), cuando esto ocurre se ha logrado que los sujetos perciban los discursos dominantes como descripciones de lo que ocurre (y no como opiniones “ideológicas” sobre los hechos), por lo cual se los almacena en el “modelo de acontecimiento”, y no en los “modelos de contexto” (los modelos mentales de los eventos comunicativos). 27
Estas articulaciones son, en parte, el resultado de estrategias y tácticas de los sujetos, pero también son el resultado de una dinámica más estructural (funcional, tal vez). Ni están totalmente determinadas, ni son el entero producto del voluntarismo. Y aquí querría reintroducir el concepto de contingencia. Obviamente existen múltiples puntos de contacto entre los planos, pero considero que lo interesante es que más allá de ciertas afinidades históricas y/o estructurales, las articulaciones no están definidas de antemano.
Por ejemplo, lo que en la actualidad podría ser etiquetado como una posición “progresista” en cada uno de estos planos, no siempre ha estado articulada con las posiciones “progresistas” en los otros (comenzando, por ejemplo, con la propia idea de “progreso“). De hecho, esto obliga a repensar en términos globales, complejizando el análisis de qué es “progresista” en cada plano en particular, a partir de una evaluación general.
Aquí quisiera sugerir el concepto de constelaciones hegemónicas como una perspectiva para abordar la cuestión de la articulación entre diferentes planos de lo social. Este concepto encerraría la articulación de distintas hegemonías, tanto aquéllas que resultan claves para la definición de los “grandes temas sociales” y que regulan la constitución y la relación entre las clases, los partidos, los géneros, las etnias, entre otras cuestiones (que serían las “macro-hegemonías” y entre las cuales podría identificarse un plano clave); pero también las hegemonías que abordan las disputas por cuestiones más “puntuales” (que podrían denominarse “micro-hegemonías”), en tanto no ligadas de una manera prefijada con los “grandes temas sociales“, sino que justamente es en la articulación entre ambos planos donde se construye el sentido de su inscripción. Son los proyectos hegemónicos macro-sociales los que persiguen articular los distintos planos de las disputas.
Así por ejemplo, una “constelación hegemónica” como la neoliberal-menemista en la Argentina de los noventa, podría pensarse como la articulación de varias hegemonías. En primer lugar, se habría constituido la hegemonía “de la gran burguesía” (con sus vinculaciones internacionales) sobre buena parte de las clases subalternas. Este podría ser el plano central, eje de las articulaciones en tanto otorgador de sentido a la propia constelación y a todas las transformaciones sociales profundas operadas en esa década.
Pero también habría existido otras hegemonías, por ejemplo, la hegemonía “del peronismo” (por cierto, cooptado por la ideología liberal-conservadora) sobre el resto de los partidos. Ahora, la hegemonía de clase se articuló con una hegemonía “conservadora” en una serie de temas (como, por ejemplo, el aborto). En un plano más filosófico podría hablarse de una hegemonía “posmoderna“, en una exaltación de la diversidad y la tolerancia, pero que también se articuló de un modo sutil con una hegemonía “modernizante” que realizó, fundamentalmente desde la “ciencia económica”, la crítica de lo tradicional-populista (sintetizada en la frase “se quedó en el 45”, como mote adjudicado a aquéllos que mantenían las ideas del peronismo clásico).
Por último, ésta fue también una constelación que más allá de estas cuestiones ideológicas en su sentido filosóficopolítico, incluyó una hegemonía en el plano de las prácticas cotidianas de un “consumismo profundo“, que fue permeando incluso hasta los individuos ideológicamente opuestos al menemismo, modificando sus hábitos de vida, sus formas de ser, con previsibles consecuencias sobre sus modos de pensar y actuar (Balsa, de Martinelli y Erbetta, 2004).
Las articulaciones internas a una constelación hegemónica no están funcionalmente aseguradas, tanto por la contingencia de la construcción de las articulaciones, como por la propia evolución histórica. Incluso cuando fueron planificadas, la compleja dinámica social genera que elementos que pueden haber sido funcionales a la articulación en un momento, luego se tornen disfuncionales. Es por ello que algunos elementos de las constelaciones pueden contener tendencias disruptivas. Para seguir con el ejemplo anterior, el consumismo fue muy funcional para producir consenso hacia las políticas neoliberales en el momento en que se generaron cambios estructurales en Argentina, sin embargo para fines de la década del noventa una retracción en el consumo hubiera, tal vez, facilitado el ajuste necesario para darle viabilidad macroeconómica a políticas neoliberales que la habían perdido, en parte por los desequilibrios en la balanza de pagos producidos, entre otros factores, por niveles muy altos de demanda de bienes de consumo de origen externo.
Sería, entonces, posible pensar la realidad social en términos de constelaciones hegemónicas que intentan articular disputas hegemónicas en múltiples planos. Sin embargo, no deberían confundirse las constelaciones con toda formación social: no toda realidad social está resuelta en términos del predominio de una constelación hegemónica.28 Tampoco debe entenderse que existan ajustes “automáticos” (de tipo funcionalista). De allí que cobra especial importancia la figura de los intelectuales orgánicos. Estos sujetos serían los encargados de pensar la totalidad de lo social (especialmente los más preparados para ello) y de otorgarle un sentido global a las acciones y discursos en los planos específicos. Pero el análisis del papel de los intelectuales en la construcción de las hegemonías29 y, especialmente, en sus articulaciones en constelaciones hegemónicas es un tema que excede las posibilidades del presente artículo y quedará para futuras elaboraciones.
Notas
1. En Anderson (1978) encontramos un rastreo de la idea de hegemonía en Lenin, pero es en Laclau y Mouffe (1987: 57-64) donde se establece una clara diferenciación entre la idea leninista de hegemonía como alianza de clases y la posición gramsciana que involucra un proceso de articulación y modificación de los sujetos.
2. Tal como lo criticara, desde una línea argumental diferente, Zizek (2003b: 106 y 2003c: 225).
3. De algún modo se dará un paso adelante, para dar dos pasos atrás (y habilitar la reinserción de estas elaboraciones en la tradición de pensamiento marxista).
4. Así por ejemplo en uno de los pocos trabajos preocupados por la operacionalización de la teoría de la hegemonía, el valioso artículo de Phillips (1998), se cae en esta visión dicotómica, y se termina negando la existencia de hegemonía tan sólo porque el thatcherismo nunca acabó con “la presencia de discursos híbridos”.
5. “Estado es todo el conjunto de actividades prácticas y teóricas con que la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominio sino que logra obtener el consenso activo de los gobernados…” (Gramsci, CC: 15 (10), p. 186 [subrayado mío]).
6. “…las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político, esto es: 1] del consenso ‘espontáneo’ dado por las grandes masas […]; 2] del aparato de coerción estatal que asegura ‘legalmente’ la disciplina de aquellos grupos que no ‘consienten’ ni activa ni pasivamente, pero que está constituido por toda la sociedad en previsión de los momentos de crisis en el mando y en la dirección en que el consenso espontáneo viene a fallar” (CC, 12 (1), p. 357)
7. Sobre la cuestión de dominaciones no hegemónicas, puede consultarse el apartado “¿Qué hay cuando no hay hegemonía?” en Balsa (2006a).
8. Entonces, de acuerdo con esta conceptualización, en los casos en que las masas son dominadas sólo en base a la coerción no hay “hegemonía”, o al menos podríamos decir que la dominación no es centralmente hegemónica. Por ello consideramos que es un error enfatizar la importancia de la frase de Gramsci donde plantea que “un grupo social es dominante de los grupos adversarios que tiende a liquidar o a someter incluso con la fuerza armada y es dirigente de los grupos afines y aliados” (CC, 19 (24), p. 387).
Esta frase es, justamente, retomada por Portelli (1985: 75 y 89) para plantear que la hegemonía solo se da sobre una parte minoritaria de la sociedad. Sin embargo, en esa frase de Gramsci debe destacarse el hecho que el autor señala que a los adversarios se los somete incluso con la fuerza, lo cual significa que no sólo se hace con la fuerza, sino también con el consenso. De hecho, aquí hay una diferencia entre las primeras notas en el Cuaderno 1 (44), y la redacción definitiva en el Cuaderno 19 (24), según analiza Ferreira (1986: 12). Además, Gramsci en varios apartados afirma que la hegemonía se da sobre el conjunto de la sociedad. Por ejemplo, cuando habla de la “”hegemonía política y cultural de un grupo social sobre la sociedad entera” (CC, 6 (24), p. 28). Consideramos que debe hacerse una opción conceptual, y nosotros nos inclinamos por esta última. Es decir, se puede dominar dirigiendo sólo a las clases auxiliares y reprimiendo a las clases subalternas, pero ésta no sería una dominación (centralmente) hegemónica.
9. Sobre la cuestión del “halo semántico” y su relación con la explicación científica ver Bourdieu, Chamboredon y Passeron (1975).
10. No confundir con la propuesta de Merton (1964) de “teorías de alcance intermedio”.
11. Al respecto, ver la proposición de Zizek (2003a: 26) acerca de que es posible suponer una posición (vacía, que interpretamos como no ocupada de modo esencialista) desde la que se puede denunciar la ideología (y, agregamos, la hegemonía). Sobre la tensión entre verdad y marxismo resultan muy sugerentes las reflexiones presentes en Palti (2005).
12. De modo similar, en algunos pasajes de los textos de Laclau (2003 y 2005) las “demandas” parecieran no tener sujetos que las enuncian, sino solo un plano discursivo en el que se inscriben.
13. Es que como el enfoque deconstructivo sometió a una “borradura” los conceptos claves, pero no proveyó de otros conceptos que puedan reemplazarlos, “la línea que los tacha permite, paradójicamente, que se los siga leyendo” (Hall, 2003: 13-14). De algún modo, Foucault en sus últimos trabajos habría comprendido que hay que “complementar la descripción de la regulación discursiva y disciplinaria con una descripción de las prácticas de la autoconstitución subjetiva” (Hall, 2003: 32).
14. Como lo analiza van Dijk, “es importante distinguir cuidadosamente entre creencias y la expresión de las creencias en el discurso. La última también es una función de las restricciones del contexto, incluyendo las creencias personales o experiencias, y no solamente de la estructura subyacente de la memoria social”. Y luego agrega que el construccionismo social radical que niega las creencias mentales es inconsistente con sus propias afirmaciones sociales, y reduce las creencias (y las ideología y la cultura) al solipsismo de individuos interactuando en contextos únicos (van Dijk, 1999: 64-67).
15. El texto de Laclau y Mouffe (1987) es un claro ejemplo de una decisión de avanzar en esta última dirección, pero con ciertas vacilaciones que los llevan a situaciones, a nuestro entender, contradictorias al mantener el uso del concepto de “clase”, cuando su línea argumental la niega. Una crítica interesante a los presupuestos de Laclau e Mouffe es formulada por Shantz: frente a la atomización del sujeto que potencia la interpretación de estos autores, él afirma que en la articulación de las luchas y las demandas no existe una simple acumulación de identidades individuales, sino una construcción identitaria, resultado de relaciones y articulaciones, y que modifica las identidades de aquellas fuerzas que se vuelven una nueva, amalgamando esas identidades subjetivas (Shantz, 2000).
16. Sobre esta cuestión resulta muy interesante la reflexión que producen Laclau y Mouffe: “el sujeto hegemónico, como el sujeto de toda práctica articulatoria, debe ser parcialmente exterior a lo que articula –de lo contrario no habría articulación alguna-”. Aunque inmediatamente aclaran que para ellos “esa exterioridad no puede ser concebida como la existente entre dos niveles ontológicos diversos […] … tanto la fuerza hegemonizante como el conjunto de los elementos hegemonizados se constituirían en un mismo plano –el campo general de la discursividad-, en tanto que la exterioridad sería la correspondiente a formaciones discursivas diversas […] Se trata, por tanto, de la exterioridad existente entre posiciones de sujeto situadas en el interior de ciertas formaciones discursivas, y ‘elementos’ que carecen de una articulación discursiva precisa. Es esta ambigüedad la que hace posible a la articulación como institución de puntos nodales que fijan parcialmente el sentido de lo social en un sistema organizado de diferencias” (Laclau y Mouffe, 1987: 155- 156).
17. Resultan muy sugerentes las reflexiones de Coutinho (2003) acerca de que todas las formas de praxis, incluso aquéllas que no tienen una relación directa con la formación de conciencia y de acción de las clases sociales, contienen la potencialidad del momento catártico, pues salen de la recepción pasiva de la realidad.
18. Para un mayor desarrollo sobre estas tres lógicas en la construcción de la hegemonía ver Balsa (2006b).
19. Las comillas buscan señalar que estas “demandas” no tienen una existencia independiente de la lucha discursiva.
20. Este esquema tiene como inspiración una reformulación de los tres modos de interpelación que propusiera Therborn (1991) para analizar el sometimiento ideológico.
21. Por el contrario, para Kebir (2003: 148-149) las revoluciones pasivas contienen elementos auténticamente progresistas.
22. Tal vez el caso más típico fue el del primer peronismo (y de allí su diferencia principal con el varguismo), o el de la socialdemocracia europea posterior a la segunda guerra mundial.
23. Esta reflexión creemos que es particularmente importante en contextos como los actuales en los cuales sectores sociales enteros son “excluidos por indiferencia”, tal como lo conceptualiza Fontes: “no se trata, en absoluto, de la admisión de diferencias y de una coexistencia pacífica, sino de un profundo desprecio por sus condiciones de existencia” (Fontes, 2005: 45).
24. En este sentido Schütz (1974: 43) afirma que cada endogrupo posee un modo de vida que considera natural, bueno y correcto, en tanto sus miembros comparten un sistema de significaciones. Para Berger y Luckmann (1968), compartir un modo de vida implica participar de un mismo mundo intersubjetivo del sentido común; tener en común una forma de ver el mundo, de nombrarlo, de valorarlo, que normalmente se internaliza durante el proceso de socialización primaria. En este sentido, la continuidad de un modo de vida también implica la re-producción de un mundo social diferenciado, en tanto los sujetos y las instituciones reproducen y legitiman determinadas formas de actuar, y de percibir y comprender el orden social.
25. Como lo analiza Eagleton (2003: 220), “es con Gramsci que se efectúa la crucial transición de la ideología como ‘sistema de ideas’ a la ideología como una práctica social habitual y vivida, que supuestamente debe incluir las dimensiones inconscientes y no articuladas de la experiencia social, así como el funcionamiento de las instituciones formales”.
26. Un ejemplo típico es el de las cuestiones ecológicas y el modelo societal capitalista (o no). Así, en los noventa, el neoliberalismo pudo, en algún punto, articular un tipo de discurso ecologista dentro de su hegemonía. Así, algunas ONG y todo un campo de discurso ecologista, no se caracterizaron por una posición irreconciliable con el neoliberalismo.
27. Por lo tanto, “la comunicación ideológica puede ser más efectiva cuando los receptores no esperan, o casi no esperan, implicancias ideológicas, por ejemplo, en historias para niños, libros de texto o noticias en la televisión, cuyas funciones principales habitualmente se consideran como desprovistas de opiniones persuasivas. Para el caso de las noticias, en la mayor parte de los medios occidentales, uno de los más importantes criterios (ideológicos) es que los ‘hechos’ deberían separarse de las “opiniones”. No necesita comentario que cuando se efectúan esas afirmaciones, esto es, cuando se niega la ideología, es especialmente relevante hacer un análisis ideológico” (van Dijk, 1999: 331).
28. Véase las reflexiones de Palti (2005: 115) sobre la aporía que surge para los posmarxistas de suponer que la idea de práctica hegemónica indica un horizonte objetivo.
29. Un detallado análisis de la elaboración gramsciana del rol de los intelectuales en la constitución de los bloques históricos se encuentra en Portelli (1985: cap. IV).
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Última modificación: 8 de septiembre de 2017 a las 15:37

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